Debemos la salvaguarda de nuestra identidad católica a San Carlos Borromeo quien movió casi cielos y tierra para que se concluyera el Concilio de Trento y se reformara la Iglesia.
El Arzobispo de la segunda diócesis de mayor importancia en el orbe católico, Milán, fue el lugar de la puesta en obra de una reforma urgente, bloqueada por siglos. La novedad de la creación de los seminarios para formar a los sacerdotes, el catequizar a las multitudes para que recibiecen los Sacramentos sin los cuales es imposible vivir la fe cristiana y la asistencia a los más pobres y enfermos, todo esto bajo la supervisión y presencia del Pastor que acudió a los campos y poblados las remotos y pauperrimos.
Cómo Cardenal, San Carlos se convirtió en el hombre de confianza y de puesta en prácticas de las medidas papales.
Sufrió todo tipo de contrariedades al interior de la Iglesia, de familiares suyos de la nobleza e incluso atentados contra su vida.
Está fue la estela que guió cuatro siglos después a su Sucesor, el Cardenal Montini, quien sería luego el Papa que puso por obra el Concilio Vaticano II. Y lo hizo con su persona, con la pastoral y con sus enseñanzas conforme a la más fiel Tradición Eclesial aggiornada o puesta al día para todos los hombres de hoy.
Clamemos a María, Madre de la Iglesia, título de la Virgen nacido en Milán desde antiguo. Pidamos por la permanente y más profunda reforma y renovación de los pastores y todos los fieles de la Iglesia. PMAGS