Por más difícil, doloroso y escabroso que sea el ejercicio de la vocación sacerdotal y la otra dimensión de la misión que es el matrimonio y la familia, no podemos desfallecer y dejar de creer en este llamado de la Iglesia al que hemos dicho que sí a ser Pastores del Rebaño de Dios.

Arrepentidos por las veces que no hemos entrado por la Puerta del Cielo. Abandonemos los caminos desviados en que hemos robado sueños, bienes y esperanza de otras personas. Corrijamos los pasos que hemos dado como bandidos creando caos, confusión y propiciando desolación para las ovejas débiles y extraviadas de la buena senda.

Reconocible es el Evangelio en labios del Santo Padre, quien proclama el mensaje de la paz, del respeto a toda vida humana en todos sus estados y etapas, así como la predicación de la atención preferencial a los más pobres.

Toda presentación de un mensaje milagrero, estrambótico, ajeno y descarnado de la realidad de quienes tienen graves y urgentes carencias de todo tipo representa la voz de un extraño, de un ladrón, del usurpador y oportunista.

La voz del Divino Pastor es la de Aquél que busca a la oveja pérdida, la devuelve al Rebaño para alimentarla en la Mesa a la que Él mismo sirve y sana sus heridas con el óleo del Consuelo.

Escuchemos la voz viva del Pastor Resucitado en el Papa y en los Obispos que están bajo su obediencia.