La gloria de Dios es que el hombre viva nos dijo San Ireneo de Lyon… y esta vida se logra primero en la Comunión de Jesús Eucaristía.

En torno a ella la familia, compuesta por los esposos y sus hijos tienen que abandonar todo lo incompatible con el servicio mutuo, el cuidado entre ellos y el asumir sus responsabilidades en el seno del hogar.

Esto no se delega ni se obvia. Nos referimos a las atenciones entre esposos, a la presencia y empeño en el aprendizaje de los padres para con sus hijos, y de estos cuando los padres envejecen.

Los bienes son imprescindibles, su correcta adquisición y administración es la norma, pero no pueden ser el centro de la existencia ni de nuestras relaciones interpersonales.

Son muchas las personas, y entre ellas varias venidas del extranjero que quieren que se les predique un Evangelio diferente al que la Iglesia nos anuncia.

Quieren muchos viajes, comidas gourmet, ropas y arreglos estéticos de última moda, y sus hijos ni saben tomar una guagua o un carro público.

Los bienes nunca pueden sustituir ni ser adquiridos por medio al culto Sagrado a Dios. Los recursos son para nuestras necesidades básicas. Lo adquirido siempre ha de compartirse con los necesitados. Nuestro estilo de vida debe ser sumamente sencillo para no ser esclavos de las cosas materiales.

La Cruz es el distintivo del seguidor de Jesús. Entregar la vida. Dejar de vivir para si mismo. Morir para el mundo de espaldas a Dios de los tragos, las fiestas y los placeres que solo se pueden tener de forma ilicita e inmoral.

Grande, ilimitada y eterna es la recompensa para los que son generosos, es decir, los discípulos de Jesús.

Ellos son los que se dedican por entero a su familia, al trabajo para ayudar a los desamparados y asumir los golpes, perdidas y luchas de la vida como un paso más al Cielo, dejando cuando termine su carrera una sociedad mejor.

¡Esto es ser Iglesia, familia de Dios!