El más grande reconocimiento y el mayor elogio si nos llaman ¡hombres de poca fe!… como a San Pedro y a los Apóstoles.
Anteriormente ellos distribuían los bienes del Cielo a la multitud hambrienta tarde ya, y desamparada descampado.
Ahora son los mismos Apóstoles que están en peligro extremo, aterrados gritando, desesperados ven lo peor y temen que el fin está cerca: se hundirá la Barca de la Iglesia.
A esto hoy en día se le llama noches enteras sin dormir.
Era la cuarta vela de la madrugada, es decir, a las tres de la mañana. ¿Cómo pegar un ojo?
Si tienes temores y miedos, entonces necesitas la Eucaristía, al mismo Cristo que te dice SOY YO, no tengas miedo.
Para alcanzar la calma y luego la paz de que llegaremos sanos y salvos a la orilla hay que reconocer nuestra poca fe y que constantemente estamos plagados de temores ante los desafíos de la vida. De lo contrario, no necesitaríamos a Dios, sería un cumplimiento de auto satisfacción por realizar prácticas religiosas.
Las situaciones difíciles nos hacen humildes y sinceros. Todo ello, dolorosamente es para nuestro crecimiento y maduración como hijos de la Iglesia.
Nuestra cabeza visible, San Pedro, lo demuestra, calma de todas las maneras posibles al Señor, una y otra vez se equivoca, siempre flaquea, como todo ser humano, pero al fin y al cabo: Pedro, siempre Pedro.
Al comulgar ahora renovaremos el hecho de que la mano de Jesús que salvó a Pedro de ahogarse y sucumbir, es tu mano. Manos para trabajar y salvar a quienes lo necesitan.
Postremonos ahora en la Barca de la Iglesia, guiada por la brisa del Espíritu Santo y sigamos con el Credo de los Apóstoles, tal cual ellos lo hicieron ante Jesús, no solo Pedro, sino ahora todos ellos: ¡Realmente tú eres el Hijo de Dios!

