Salió el Sembrador, cada mañana, a sembrar. !Cómo nosotros, que salimos cada día a buscar el pan para los nuestros!
Bienaventurados somos porque se nos concede participar de los Misterios del Reino de los Cielos. Ni los profetas ni los sabios han tenido este privilegio. Ellos lo desearon y ambicionaron con ansias, pero ha Sido a nosotros que se nos ha concedido.
De nuestra parte, hemos de corresponder a este favor, a esta dádiva inmerecida del Cielo con nuestro trabajo y dedicación generosa.
Todo esto a sabiendas que el maligno enemigo muchas veces boicoteará, obstaculizará y utilizará a sus secuaces para robarse el fruto laborioso, esforzado y honrado de nuestra labor diaria.
¡Proclama ahora que con la Eucaristía, con un simple Pan y muy poco Vino, Jesucristo ha vencido a Satanás y al mundo con su Cruz y Resurrección!
También hay otro frente, otra barrera, grandes obstáculos con los que tenemos que chocarnos y superar con una frecuencia no poco habitual: el cansancio, el hastío, la decepción y la frustración hacen presa de nosotros tarde o temprano, reiteradas veces a lo largo de la vida a causa de tantas adversidades inesperadas que nos golpean.
¡Levántate, no te quedes aplastado y deprimido!
Y no pueden faltar, las tantas veces en que caemos a la tentación de las seducciones de las riquezas faciles, rápidas y fraudulentas que se nos ofrecen por todas las vías y por personas revestidas como ángeles de luz. Y estás ofertas de perdición vienen sazonadas por el disfrute excesivo y desproporcionado, egoísta y fugazmente momentáneo de todo tipo de placeres mundanales, es decir, de banqueteos, amanecidas, alcobas y bienes suntuosos.
¡Puedes abandonar ese estilo mal sano y pecaminoso de vida!
Podemos aducir, y con la misma verdad y sinceridad en la mano: he hecho todo lo humanamente posible para cumplir con mis responsabilidades… He hecho más de lo que debería de hacer. Pues, Dios bien lo sabe… Y esa debe ser tu Santa alegría que nadie te podrá arrebatar nunca, mérito antes Dios y tu alma.
Pero si este es tú caso y tu lucha, tienes una falta… Te has vuelto un trabajólico, y esto es una condición que te ha enfermado y alejados de los tuyos y de la belleza y felicidad de la vida.
¡Sal de todo eso!
Escucha y recibe como Semilla de Plenitud, el Evangelio de que tus sacrificios y esfuerzos sinceros y dedicados hacen que la Gracia de Dios transformen el Pan y el Vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y no habrá enemigo, obstáculo y corriente que puedan impedir que des, no una sola vez, sino muchas veces, un fruto que no morirá, unas veces al treinta, otras al sesenta y al final de tu carrera, el ciento por uno.

