Esta semana, el río Negro, un afluente del río Amazonas, llegó a su nivel más bajo desde que se lleva registro. Kelly/Reuters

Ana Ionova y 

La selva tropical contiene la quinta parte del agua dulce del mundo, pero la deforestación, las lluvias escasas y el calor implacable están dejándola seca.

El depósito de agua dulce más grande del planeta está en problemas.

La selva tropical de la Amazonía, donde fluye una quinta parte del agua dulce del mundo, está sufriendo los embates de una sequía fuerte que no muestra señales de amainar.

La sequía, probablemente agravada por el calentamiento global y la deforestación, ha generado grandes incendios forestales que han hecho que el aire sea peligroso para millones de personas, incluidas algunas comunidades indígenas, y al mismo tiempo han secado ríos importantes a un ritmo récord.

Este lunes, uno de esos ríos llegó a su nivel más bajo alguna vez registrado, mientras que otros se acercan a niveles históricos. Esto ha sofocado a la población de delfines rosados en peligro de extinción, clausurado una planta hidroeléctrica importante y aislado a decenas de miles de personas que viven en comunidades remotas y que solo pueden trasladarse por bote.

“Ahora solo hay tierra donde solía haber un río”, afirmó Ruth Martins, de 50 años, una líder de Boca do Mamirauá, una pequeña comunidad ribereña en la Amazonía. “Nunca hemos experimentado una sequía como esta”.

Imágenes satelitales muestran la misma sección del río Negro, al noroeste de Manaos, Brasil, el 13 de septiembre y el 8 de octubre.
Imágenes satelitales muestran la misma sección del río Negro, al noroeste de Manaos, Brasil, el 13 de septiembre y el 8 de octubre.

Las condiciones más secas están acelerando la destrucción de la selva tropical más grande y biodiversa del mundo, y en la que algunas zonas han comenzado a transformarse de ecosistemas húmedos que almacenan enormes cantidades de gases que retienen el calor a unos más secos que están liberando dichos gases a la atmósfera. El resultado es un doble golpe a la lucha global contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

“Esta es una catástrofe con consecuencias a largo plazo”, dijo Luciana Vanni Gatti, científica del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, quien ha estado documentando los cambios en la Amazonía. “Mientras más pérdida de selva tengamos, menor será su resiliencia”.

Estudios recientes han mostrado que el cambio climático, la deforestación y los incendios han hecho que a la Amazonía le cueste más recuperarse de las graves sequías.

Gatti también advirtió que lo peor podría está por llegar. Se espera que la temporada de lluvia comience en las próximas semanas y si persiste la sequía, la cual comenzó en junio, esta sería la primera vez en la que estas condiciones tan extremas hayan tomado el control durante el periodo más seco de la Amazonía y hayan continuado hasta su periodo más lluvioso.

An aerial shot of boats stranded in a dry lake.
Botes atascados por la sequía este mes en el lago Tefé, Brasil.

En Tefé, un municipio rural del noroeste de la Amazonía, los residentes cruzan tramos fangosos de lechos de lago en motocicletas y reman canoas por los arroyos estrechos que solían ser ríos. Unas 158 aldeas ribereñas en la misma región han quedado aisladas ya que las vías fluviales que las conectan con localidades más grandes se han secado, dijo Edivilson Braga, coordinador del servicio de defensa civil local.

“Están completamente aislados”, afirmó Braga, quien agregó que hasta el momento las autoridades han entregado miles de canastas de alimentos básicos, muchas de ellas por helicóptero, a miles de familias.

La Amazonía ha sufrido sequías en el pasado, pero actualmente está lidiando con “desastres simultáneos”, dijo Ayan Santos Fleischmann, hidrólogo del Instituto Mamirauá, un centro de investigación ubicado en Tefé. La escasez de lluvia, el calor abrasador y las altísimas temperaturas del agua están azolando, al mismo tiempo, a la región.

“Esta es una crisis, una crisis humanitaria, ambiental y de salud”, aseveró Fleischmann. “Y lo que más nos aterra es lo que está por venir”.

En Boca do Mamirauá, a unas dos horas en lancha de Tefé, la sequía de las vías fluviales ha provocado que las reservas de alimentos básicos y medicamentos disminuyan y ha impedido que los niños puedan realizar el viaje por río a la escuela desde el 20 de septiembre, aseguró Martins, la líder comunitaria.

Por toda la Amazonía se han secado pozos y arroyos, dejando a las comunidades sin agua potable. “Aquí el agua se convirtió en barro”, dijo Tuniel Gomes Figueiredo, quien vive en Murutinga, una aldea de una comunidad indígena de unos 3000 habitantes.

Sin alternativas, algunos residentes están bebiendo, cocinando y bañándose con agua contaminada. “Esta agua está enfermando a los niños y ancianos”, afirmó Braga. A las autoridades de salud también les preocupa que los charcos estancados de agua sobrecalentada puedan incrementar la población de mosquitos portadores de malaria y dengue.

La sequía ha afectado a una cantidad incontable de especies animales en una región conocida por su vida silvestre abundante. En el lago Tefé, las temperaturas del agua continúan siendo elevadas y han aparecido más restos de delfines rosados en la última semana, elevando el número de delfines muertos a 153 desde que se recuperaron los primeros cuerpos el 23 de septiembre, informó Fleischmann.

On a river bank, three men look at the carcass of a dolphin. One of the men stands in a boat, another puts his hands on the dolphin’s body.
Investigadores del Instituto Mamirauá para el Desarrollo Sostenible recuperan un delfín rosado muerto del lago Tefé este mes.

Una proliferación de algas tóxicas, muy probablemente vinculadas con la sequía y el calor extremo, también ha ocupado el lago, creando una mancha roja en el agua, aunque los científicos no están seguros de si puede perjudicar a humanos o animales. “Estamos utilizando redes para guiar a los delfines hacia otras zonas”, dijo Fleischmann.

Si bien la baja humedad y las altas temperaturas pueden por sí solas exterminar plantas y animales, gran parte de la destrucción es causada por una selva más seca que es cada vez más vulnerable a los incendios, los cuales por lo general son iniciados por agricultores y otros que despejan los terrenos. Los incendios forestales han consumido más de 46.000 kilómetros cuadrados de la Amazonía desde el comienzo del año, más del doble del tamaño de Vermont.

El humo de los incendios forestales ha hecho que el aire sea muy nocivo en Manaos, una ciudad de dos millones de habitantes en el corazón de la Amazonía, que recientemente se convirtió en una de las ciudades más contaminadas del planeta, según el World Air Quality Index project. Revisar los datos de la calidad del aire cada mañana se ha convertido en un hábito ansioso en la ciudad, mientras niños y personas mayores terminan en hospitales con dificultades para respirar, según médicos en Manaos.

Camila Justa, una veterinaria en Manaos, dijo que nunca había visto un humo tan denso cubrir el cielo y que sufrió un ataque de asma por primera vez en 20 años, mientras que su hijo de 4 años ha tenido neumonía dos veces desde septiembre.

“Es muy difícil llenar tus pulmones de aire”, dijo. “Y cuando lo haces, quema”.

An aerial shot of a city obscured by smoke.
Humo de los incendios forestales, este mes en Manaos, Brasil.

La sequía ha secado países de toda la región de la Amazonía. En Bolivia, decenas de municipios tienen escasez de suministro de agua, los cultivos se han marchitado y las lagunas se han secado, “con graves consecuencias para la biodiversidad”, dijo Marlene Quintanilla, directora de investigación de Friends of Nature Foundation, una organización sin fines de lucro.

Según los expertos, la ausencia de lluvia en la Amazonía es en gran medida el resultado de dos patrones climáticos.

Desde el oeste, El Niño, el cual calienta las aguas del Pacífico cerca del Ecuador, está ganando fuerza. Desde el suroeste, las altas temperaturas en las aguas del Atlántico Norte han acelerado el flujo de aire hacia la Amazonía, previniendo la formación de nubes de lluvia sobre la selva.

Si bien el vínculo entre el calentamiento global causado por el hombre y la sequía aún no está claro, los modelos climáticos sugieren que “en las próximas décadas, con el aumento de las temperaturas causado por el cambio climático, estos eventos se volverán más frecuentes”, afirmó Gilvan Sampaio, un científico que monitorea patrones climáticos en el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil.

Los efectos de un clima cambiante se intensifican por los altos niveles de deforestación en la Amazonía, causado en parte por agricultores que despejan terrenos para cultuivos de soya y ganado, cuyos productos se exportan a países de todo el mundo. La tala de árboles, al igual que el calentamiento global, hace que la lluvia sea más escasa y las temperaturas más altas porque los árboles de la Amazonía liberan humedad, lo que baja la temperatura y forma nubes de lluvia.

Tierras deforestadas después de que los agricultores iniciaran incendios ilegales el mes pasado en Manaquiri, Brasil.
Tierras deforestadas después de que los agricultores iniciaran incendios ilegales el mes pasado en Manaquiri, Brasil.

La sequía de los ríos también es un duro golpe para la economía de la región. Las barcazas que transportan maíz con destino a China y otros países se han visto obligadas a reducir su carga a la mitad a lo largo de un río importante este mes porque el agua era muy poco profunda y la erosión del cauce de un río provocó el colapso de un puerto.

Los ríos de la Amazonía también alimentan las plantas de energía que producen cerca de una décima parte de la electricidad de Brasil y la escasez de lluvia causó la clausura de una planta hidroeléctrica.

En 2015 se documentaron condiciones de sequía similares, que contribuyeron a la peor temporada de incendios registrada en la Amazonía. Sin embargo, los científicos creen que esta sequía será aún más devastadora porque el océano Atlántico está más cálido y El Niño aún no ha alcanzado su punto máximo.

“Esto es solo el comienzo”, afirmó Gatti, la científica.

En una tarde reciente, densas nubes oscurecieron los cielos sobre la aldea ribereña de Boca do Mamirauá. La gente se apresuró a agarrar baldes, listos para llenarlos con agua de lluvia. Pero las nubes siniestras pasaron rápidamente. “Ni una sola gota”, dijo Martins, la líder comunitaria.

Fuente: nytimes.com