La Comunidad en sus celebraciones y vida cotidiana percibe los mismos sentimientos de dolor y angustia de su Señor Jesucristo ante la dureza de corazón de quienes se les anuncio la Buena Noticia del Reino de los Cielos y no se convierten.

Han sido tantos a los que se les ha hecho el llamado, y eligen otros caminos que llevan a la perdición. Ni siquiera los milagros incontables, impensados, asombrosos y liberadores que se han hecho a su favor, incluso como respuesta a oraciones, han quedado en el olvido, y no han servido para evitar el alejamiento total de la vida de la Iglesia.

No queremos pasar por la suerte de aquellos que rechazaron el favor divino, a Jesús mismo en el Santísimo Sacramento del Altar. Queremos dedicar nuestra vida a la caridad misma que es el distintivo a leguas del cristiano, más que mucha práctica religiosa sin alma ni corazón solidario.

En algún momento del día de hoy, iniciemos la costumbre de recapitular cuantos y cuántos milagros Jesucristo ha hecho en nuestra vida, con el propósito de retribuir con la ayuda a los desfavorecidos de tanto que se nos ha dado.

La conversión radical de San Camilo de Kekis en favor de los enfermos más pobres y en condiciones de grave, incluso contagiosos en grado mortal, nos muestra un corazón que buscó pagarle a Dios tanto y tanto, y deberían así el auténtico fin del sistema hospitalario y de todo régimen de salud, en especial el institucional.