Celebramos al gran Doctor de la Iglesia, superior de los franciscanos, del siglo XIII DC y contemporáneo de Santo Tomás de Aquino, el dominico.

A San Buenaventura debemos, dentro de la interioridad, de la relación del alma con Dios mismo, la cercanía y confianza del trato con el mismo Dios, a quien podemos llamarle Padre y por tanto, hablarle de tú a tú.

El equilibrio perfecto en la relación con Dios, porque San Buenaventura nos enseña a poner el corazón en el cielo y Santo Tomás de Aquino a estar a la vez, con los pies bien afincados en la tierra.

Como todo ser humano, con excepción de la Virgen, San José y Cristo, el Obispo Franciscano, al que hoy pedimos su intercesión tenía el grave mal de los escrúpulos enfermizos. Solamente la meditación en la Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, sufrida por nuestros pecados, le curó de aquello que le impedía acercarse al Altar y recibir el Pan de los Ángeles que ahora tú y yo recibiremos.