Impresionante la descripción que hace, de la novedad de la Encarnación del Hijo de Dios, el Pastor de Ravena de la era patrística:

Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace
niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad
perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no
vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio
de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada
a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de
muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia
de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén.

Este es el fruto del Jueves Eucarístico, Misterio del que ahora participaremos, Sacramento imprescindible y salvador de nuestra fe.