“Ser amigo de Jesús tiene su precio, así como recibir sus bendiciones”

No solo ser siervos de Cristo, que es mucho decir y aspirar. ¡Hay que ser sus amigos!… Tal como los tres hermanos que convirtieron su hogar en un lugar de refugio y descanso para el Salvador del mundo.
Ser amigo de Jesús tiene su precio, así como recibir sus bendiciones. A Lázaro lo buscaban para matarlo, después que Jesús lloró su muerte, como decían todos: ¡Cuánto lo quería!, y por eso lo resucitó. Era un testimonio viviente del Mesías que había de venir y de una Comunidad de Eucaristía que le quitó las vendas, lo curó y le dió de comer.
María de Betania, la menor de los tres, oraba a los pies del Señor para escucharle. No importándole críticas y reproches por ello de los más cercanos, y preparado la muerte de Cristo ungiéndolo, como celebramos cada Lunes Santo, escogiendo, por tanto, la mejor parte, la Comunión Sacramental, que nunca le será arrebatada.
Y la más sufrida de todas, Marta, quien sufría el cansancio y la soledad de quien sirve a todos en la familia. Era tanto lo que ella se entregaba a la Mesa Santa, que pecaba quejándose, reclamando y reprochando. Solo le salvaba que era pronta para encontrarse con el Señor y confesar incondicionalmente la Fe de la Iglesia Católica en Aquel que es la Resurrección y la Vida, Cuerpo y Sangre para gozar un día de la alegre compañía de los Santos de Dios.
Estos son los amigos y compañeros que todos queremos tener.

