Papá Mon

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Padre Luis Rosario
jalmanzar@donboscofs.org

Siempre he tenido debilidad por los locos, borrachos, harapientos y descartados sociales. Más que pena, he sentido comprensión por ellos y no me cuesta mucho esfuerzo ponerme en su lugar. Cuando niño se me salían las lágrimas viendo el sufrimiento de los demás y me sentía impotente buscando una forma de hacerlos felices.

Hace  algunos años conocí en el barrio de Cristo Rey a Papá Mon. Eso de papá lo he inventado yo, pues no creo que él tenga hijos ni que haya sido capaz de formar una familia. Pero lo veía como un padre, a pesar de que no sé si él era mayor o menor que yo.

El nombre de Mon tal vez me lo hacía más simpático, pues me recordaba a mi abuelo, que sí tenía ese nombre. Una de las cosas que más me acercaba a  este interesante personaje, era que andaba siempre con su casa al hombro: cubo para bañarse, platos para comer, ropa y alguna frazada que le servía de colchón, pues su habitación estaba donde le cogía la noche.

Recuerdo que una de sus grandes satisfacciones era entrar en la iglesia cuando ya la celebración había comenzado, generalmente durante la homilía.

Pasaba por la parte delantera y esperaba gozoso que yo le guiñara un ojo y en ocasiones lo saludara por su nombre, mientras los participantes en la Eucaristía tomaban un respiro en medio del sermón de la mañana.

Cuando me fui de Cristo Rey no quise despedirme de él, pues no sé si hubiera entendido de qué se trataba. Ya su corpulencia física no se podría dar el lujo de interrumpir la homilía con su paso retorcido por la carga;  tampoco podría esperar en recompensa un saludo no litúrgico al que estaba acostumbrado. No habría luego el desayuno o la cena, que formaban parte del protocolo diario.

Y así fue. Difícilmente volvería a ver a Papá Mon, pues no soy de los que acostumbran incursionar en los sitios donde he prestado mis servicios pastorales.

Pero todavía Mon pregunta por mí y me envía saludos. Hoy quiero responder al saludo de Mon y llamarlo papá. Pues padre es quien nos da vida, más con su cariño que por habernos engendrado.