Inmerecido el llamado divino, pura gracia es nuestra condición de discípulos de Jesús, Pan de Vida.
Escuchar la voz del Padre para acudir a Jesús, nuestro desafío y petición permanente ha de ser.
Llamados a participar de la Comunión del Padre y del Hijo. Creamos en esta inclusión en lo Divino que recibimos gratuitamente por los Sacramentos de la Iglesia, los cuales confluyen en la Eucaristía, nuestra acción de gracias.
Todos, de una forma u otra, atravesamos por el desierto y sus diferentes estadios a lo largo de nuestra existencia. Es el precio a pagar por el aprendizaje, la maduración y el agradecimiento que se produce solamente al concedernos el Alimento Celestial.
Llevemos a este mundo con sus multiples signos de muerte el Pan que ha bajado del Cielo para salvarnos de tanta oscuridad, violencia y destrucción.

