Por voluntad de Dios hemos recibido el llamado del Pan de Vida. Nuestra vocación se orienta y sustenta al comer el Cuerpo y beber la Sangre de Jesucristo.

No queremos perdernos. Pedimos recuperar la senda. No hay peor sensación que sentirse sin rumbo, despojado de todo lo que nos daba seguridad. Creamos que del Señor somos y a Él volveremos en momentos de desolación y desorientación.

El último día, el final de todo, el día de la resurrección universal, es el anuncio por excelencia de la Pascua, del Pan bajado del Cielo para que le contemplemos y digamos: Santísima Eucaristía, mi Dios y Señor, quiere creer más en tí. ¡Qué seas el más importante en mi vida!

Sufrimos permanente de hambre y sed porque no nos convencemos de que las dádivas de esta vida no son el alimento de nuestra felicidad satisfactoria y definitiva. Busquemos la paz verdadera en Jesús, Pan de Vida.