La celebración de nuestra fe se equipara a un banquete de bodas donde el Esposo, Cristo está con los suyos. Todo es nuevo y lleno de esperanzas.
Celebramos que Cristo, causa de nuestra alegría, se encarnó de la Virgen María.
Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, exclamó la Hija de Sión, porque a través del Fruto de su vientre se cumplieron todas las promesas de la Antigua Alianza.
La Iglesia es la Esposa de Cristo, y en cada Eucaristía se renueva la entrega del Señor en el Calvario por ella, para purificarla y engalanarla con un nuevo traje de fiesta.
Y el Señor está presente en su Iglesia, no le será quitado. Es un desposorio para siempre. Y las luchas de esta vida, el despojarnos de las viejas vestiduras con remiendos recibirán su recompensa, y podremos participar de las blancas galas de los Santos en el Cielo.

